Colonia Santa Eulalia, el sueño roto de una aldea autosuficiente Alicante / Comunidad Valenciana / Raíces perdidas

Propiedad y trabajo, explotación y plusvalía; dos términos tan distantes el uno del otro en un mundo capitalista que casi parece una broma. Pero Don Antonio de Padua y Saavedra tenía un sueño, un ideal que hoy parecería infantil, una idea de crear una aldea autosuficiente donde ambos mundos vivieran en armonía. No era el sueño de cualquiera, no, Don Antonio no era un desarrapado, Don antonio era conde, conde de la Alcudia y Gestalgar.

A finales del siglo XIX su proyecto comenzaría a tomar forma, fruto de la herencia familiar obtuvo unas tierras fértiles en los confines del Levante ya sobre las llanuras de la meseta, una tierra rica donde cruza el Vinalopó, una encrucijada de caminos tan antigua que se pierde en el tiempo. Una vieja vía de comercio, la vía Heráclea, un camino que unía el Marenostrum con todos los pueblos del interior de la península y que sería, ya desde los albores de la civilización hasta nuestros días, lugar de paso obligado.

La sociedad del conde y los vizcondes y la colonia de Santa Eulalia

Gracias a la Ley de las colonias de 1868 y basado en las colonias del mismo tipo catalanas, el conde comenzó a construir la aldea. Una aldea que tenía dos plazas, una fábrica de harinas, una fábrica de licores, una ermita, un teatro, un casino, un economato, una oficina de correos y telégrafos, una estación de tren, casi una veintena de viviendas y un montón de servicios más para los más de 200 asalariados que trabajaban en la finca.

Don Antonio quedó falto de liquidez antes de terminar su gran obra y tuvo la necesidad de buscar un socio capitalista, el vizconde de Alzira Mariano de Bertodano. Este era el esposo de María Avial, la hija de un indiano con un gran patrimonio; tanto, que se dice que cuando esta cumplió 18 años su padre la proveyó con 18 millones de la época. De la sociedad creada por el conde y el vizconde se terminó de construir la colonia y se mudaron de Madrid al palacio construido en Santa Eulalia.

La ermita de Santa Eulalia

Corría el año 1240 cuando Berenguer VI de entenza, noble caballero aragonés de la casa de los Entenza, combatía contra los invasores musulmanes en los campos del Alto Vinalopó. Según cuentan las crónicas de Sax, en el medio de la batalla se le apareció la virgen guiándolo hacia la victoria.

Esta, paso a ser tierra sagrada y a llamarse los Prados de Santa Eulalia en su honor, en el lugar de la aparición se construyó la ermita que vemos hoy día. Esta sin embargo, se ha venido abajo y se ha vuelto a reconstruir un montón de veces. Poco tiene que ver ya con el edificio antiguo que pertenecía a las llamadas ermitas de la reconquista y que tenía un estilo gótico catalán. El edificio que vemos hoy fue levantado por última vez en el siglo XX. Todos los años desde hace más de cinco siglos se hace una romería desde Sax hasta la ermita en conmemoración del milagro y donde además, según reza un acuerdo entre Sax y Villena, de no hacerse pasaría a manos del ayuntamiento de Villena.

El palacio de los condes

Caminar por la colonia es viajar a una época de gran esplendor, un paseo por sus calles hace que no podamos evitar alzar la mirada a uno y otro lado en busca de los innumerables detalles cargados de simbología.

El palacio atrapa rápido nuestra atención, solemne y en un curioso perfecto estado de conservación, se alza con un porte señorial como el de antaño. Escudos heráldicos, marquesinas en puertas y ventanas y un acabo en el tejado que deja sin palabras.

Pero hay un lugar especial, un lugar que no hubiéramos ni soñado encontrar. Apenas atisbábamos un fragmento entre las ramas del viejo árbol que crece descontrolado y salvaje en el jardín. Un trabajo de artesano convertido en auténtica obra de arte, un mural tallado a cincel sobre el frontón de la puerta principal. Una atenea griega, con los brazos en cruz y las alas extendidas preside la gran obra, es Nike la atenea, el símbolo de la victoria. A sus pies los obreros, trabajadores herramientas en mano como los de la añeja propaganda soviética. Es la representación de los dos mundos, del campo y de la industria, del obrero y del patrón.

Una maltrecha valla corrompida por el tiempo y medio caída en el suelo nos abre paso hacia una de las ventanas, todas cuentan con fuerte enrejado, menos una. El interior está en unas condiciones que ni nos hubiéramos imaginado, acostumbrados a otros lugares abandonados como el Preventorio de Aguas de Busot en el que el vandalismo ha llevado el edificio a la ruina total, aquí todo está como sumido en un profundo sueño, parado en el tiempo como si solo hubieran pasado unos pocos años en vez de más de una centuria.

Los azulejos de las paredes seguían todos en pie y casi sin desperfectos, los adoquines del suelo un poco más estropeados y hundidos por el agua de la lluvia, las puertas y ventanales de las habitaciones intactos, tan solo envejecidos y llenos de polvo. 12 habitaciones giran en torno al gran recibidor del palacio: salón, despacho, dormitorios, aseos… sin duda no habían escatimado a la hora de elegir las mejores comodidades.

Todos los detalles de ebanistería, de chapado de las paredes y suelos, ornamentación de los marcos de las puertas y las ventanas habían sido elegidos con sumo cuidado a la hora de decorar la casa. Una casa que combinaba a la perfección este nuevo estilo modernista de la Revolución Industrial. No se entiende como la administración puede abandonar a su suerte un lugar tan mágico, un tesoro único en nuestra región.

Unas escaleras comunican la planta baja, donde se sitúa el vestíbulo con la planta superior, ahí se encuentran las habitaciones de los señores. Una planta superior con dos zonas diferenciadas, una claramente para vivir y otra más dedicada a la propia hacienda y a todos los aspectos administrativos del día a día de la finca.

Los vizcondes y el conde convivían en el palacio mientras la colonia florecía, el trabajo no faltaba y Santa Eulalia se estaba convirtiendo en todo un referente para la exportación de productos vinícolas. Una colonia que cada vez era más autosuficiente y que se desarrollaba a espaldas del resto de poblaciones, la aldea era admirada y odiada por partes iguales, la envidia no tardó en aparecer.

Al mismo tiempo, entre las paredes del palacete se iba forjando un triángulo amoroso, la vida en la colonia y la convivencia hizo que surgiera una relación apasionada entre la vizcondesa y el conde. Envidia, celos, amor, pasión… todos estos sentimientos entrecruzados hacían aumentar la tensión y finalmente el vizconde de Alzira decidió que este ya no era lugar para él y tras disolver la sociedad se volvió a Madrid. De este modo la vizcondesa paso a ser la cónyuge del conde de la Alcudia y a llamarse la condesa y la pareja pasó a quedar a cargo de la colonia.

El teatro Cervantes

Unas desgastadas letras en color ocre nos dan la bienvenida al teatro Cervantes; junto al pórtico de madera una vieja taquilla hace mucho ya que vendió su última entrada. El escenario apenas se mantiene en pie, los escombros y la maleza siembran todo lo que un día fue el lugar donde se desarrollaba la magia del teatro. Nos encontramos entre bambalinas, donde antiguamente los actores se preparaban para su salida a escena, observando furtivamente en la negrura través de un pequeño resquicio en telón, escudriñando la oscuridad y contando cuanta gente había asistido a la representación.

Cruzamos el umbral del escenario y nos asomamos a la platea, pareciera que aún se pueden escuchar los bravo y los aplausos retumbando en el interior del edificio, los colonos enloquecidos se alzan y aplauden hasta que les duelen las palmas de las manos a las compañías de teatro más importantes de la capital. Alrededor de la platea se alza majestuoso, un verdadero trabajo de artesanía, un trabajo digno del mejor de los ebanistas, el palco del teatro Cervantes.

Un palco de media luna en dos alturas perfectamente estructurado con un espacio central reservado para el coro y la orquesta, una verdadera maravilla, un teatro digno de cualquier gran ciudad con un estilo italiano de enorme belleza. Sobre las paredes aún quedan restos de los frescos que lo adornaban, son escenas cotidianas de la colonia, los trabajadores, un tren de vapor llegando a la estación e incluso el antiguo lago artificial que hoy ha desaparecido.

Dominando la sala y repartidos a lo largo de todo el palco se conservan, inmaculadas, las pinturas de algunos de los dramaturgos más importantes del país entre ellos Jacinto Benavente, Manuel Rivas y el propio Miguel de Cervantes.

Pero el teatro Cervantes no solo tuvo la función de teatro, entrados en el siglo XX los vecinos de la colonia compraron un proyector y mediante sabanas blancas remendadas por las mujeres y sejetas como buenamente se podía en el escenario, se proyectaban algunas de las películas más vistas de la época. Un escenario con forma de concha y con dos columnas a los lados con forma de pezuña de grifo que en su día hubiera sido glorioso de ver.

La fábrica de harinas

La vida en la colonia giraba en torno al campo y a la industria, practicamente todos los eslabones de la cadena de producción, desde la siembra hasta la venta, se llevaban a cabo en la colonia. Un gran edificio típico de la época de ladrillo caravista rojo intenso. Es de los edificios que, junto con la ermita, mejor se conservan.

Aquí es donde se veía materializado el sueño de los señores de Santa Eulalia, las fábricas de harina y alcohol comenzaron a funcionar y a generar pingües beneficios para todos. Los colonos comenzaban a sentir que realmente formaban parte de algo, mientras que por todo el mundo la industrialización había convertido a los obreros en meros esclavos, en las colonias utópicas el talento, el capital y el trabajo parecían toda una realidad.

La fábrica de alcohol

La colonia llegó a tener incluso su propia fábrica de licores, creando inclusive una marca propia, Coñac Santa Eulalia. La fábrica de alcohol fue una de las primeras actividades que cayó en desuso ya que ni siquiera los más ancianos la recuerdan funcionando. Es un edificio monumental caído hoy en desgracia y con serio riesgo de desplome, sobre su flanco derecho queda, sin embargo, su torreón  de forma cuadrangular, antigua chimenea, que gobierna toda la colonia.

No se puede entrar a la fábrica ya que se encuentra totalmente tapiada, a través de algunos huecos en la fachada nos asomamos con curiosidad y vemos nada más que una planta vacía. Las plantas superiores han desaparecido completamente y dentro no queda nada salvo escombros. El tejado fue lo último en sucumbir no hace tanto y ahora, salvo intervención de los ayuntamientos puede que un día caiga por completo.

La administración, el despacho de pan, los almacenes… toda una serie de distintos edificios desde la alcoholera hasta el palacio hacían que la pedanía funcionase de manera autónoma durante décadas y décadas.

En la colonia se respiraba un aire enrarecido, una atmósfera viciada por algunos sentimientos difíciles de explicar. Había un secreto que el conde había ocultado a todos, Santa Eulalia se había construido sobre los restos de un viejo cementerio musulmán. Su sueño estaba cimentado sobre la desgracia de otros, se había profanado lo que antiguamente fue tierra santa para los árabes y se había construido un lugar para el vicio.

La desgracia no tardó en llegar y el sueño de los colonos poco a poco se fue desvaneciendo, una vida idílica que se desmoronaba sin que aparentemente nadie pudiera hacer nada. El conde ya había dejado la colonia en un segundo plano y se dedicaba a sus quehaceres amorosos por otros lugares y a jugar y a beber. La condesa despechada por la grave infidelidad convirtió el palacete en un gran casino y cada noche pasaba un hombre diferente por sus aposentos.

El conde cuando se enteró de lo que estaba degenerando su colonia volvió rapidamente para poner orden pero acabó rindiéndose, como su propia naturaleza le estipulaba, a la depravación llevandole a su propia perdición. Al alba de una de las noches de mayor desenfreno apareció el cuerpo sin vida de Antonio de Padua con más de medio torso dentro de la fuente del jardín. El conde había muerto en extrañas circunstancias y con él las esperanzas de los colonos.

Una noche de invierno, entre una gran ventisca de nieve, la condesa ataviada bajo una oscura capucha y una capa hasta los tobillos subió al último tren correo de la noche y se marchó a Madrid huyendo de sus deudas para siempre. Según dicen las malas lenguas, la condesa pasó su desdicha tirada en el suelo del metro de la capital, pidiendo limosna hasta que finalmente pereció.

  

 

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