Viaje en furgoneta por Francia de 18 días con perros: Día 7. Duna de Pilat y Arcachon Europa / Francia

Esa misma tarde dejábamos el País Vasco francés atrás y nos adentrábamos en la verdadera Francia. Nuestro paso por los Pirineos y por el País Vasco había sido muy de estar por casa, costumbres muy parecidas, lenguas muy familiares y a muy pocos kilómetros de casa. Ahora nos dirigíamos al norte, a través de la costa atlántica hacia una Francia que era una completa desconocida para nosotros.

Desde Biarritz hasta la Duna de Pilat hay unas dos horas por autovía, un viaje que se hace muy cómodo.

Llegamos a la región de Arcachon, al norte de Aquitania, a media tarde. Lo primero, y dada la experiencia después de una semana en territorio francés, era buscar un camping donde pasar la noche. Como sabéis si nos seguís en esta aventura desde el primer día, aquí la vida termina muy pronto, y si no tenéis camping a las 8 de la tarde ya no lo encontraréis.

Empezamos a buscar con Google Maps y la cantidad de campings era enorme, sería fácil pensamos, pero no. Llamamos aproximadamente a media docena de campings diferentes y todos, absolutamente todos, estaban completos. Imposible encontrar nada. Esto nos desmoralizó completamente, no sabíamos que hacer, dormir en otro parking era inviable pero dormir en camping, en la costa y en pleno Agosto al parecer también. Finalmente, después de dar muchas vueltas llegamos al área de Arcachon y encontramos un camping para caravanas que era como un bosquecito que tenía muy buena pinta. Decidimos reservar ahí, buscar la zona más solitaria y montar nuestra tienda.

El camping se llama Aire des 3 Coccinelles y cuesta unos 20 €, lo malo es que no tiene ducha, pero si lavandería. Es fácil de encontrar ya que se encuentra en una zona donde hay un parque acuático, un lasertag, minigolf… ideal para ir con niños. Es la Avenida des Loisirs.

Puesta de Sol en la Duna de Pilat

Una vez instalados ya era hora de visitar el lugar más famoso de toda Aquitania, la duna de arena más grande de la Europa continental, la Duna de Pilat. En realidad, y barriendo para casa un poco, el título de duna más alta de Europa se lo disputa con la Duna Rampante de Camariñas en Galicia. No son exactamente iguales ya que la de Galicia tiene muchísima vegetación, en cambio la de Pilat es como una gran mancha de arena blanca.

Para llegar a la duna hay que dirigirse hacia el oeste hasta la costa desde La Teste de Buch ó hacia el suroeste desde Arcachon. Encontraréis un gran aparcamiento, de pago, donde dejar el coche y comenzar la ruta hasta la Duna. El precio del parking es 4 € 4 horas o 6 € por el día entero. Si queréis ahorraros el parking podéis buscar hueco por las urbanizaciones cercanas aunque será complicado. Otra cosa que debéis saber es que está prohibido aparcar de 2 de la madrugada a 7 de la mañana y si os pillan la multa son 40 €.

Una vez dejado el coche tomamos el camino hacia la base de la duna, pasaréis por un montón de puestos de souvenirs, restaurantes y demás servicios… hasta dejarlos atrás y caminar por un camino de arena de la playa bajo una densa masa forestal. Lo bueno de ir a esta hora es que la mayoría de la gente ya está de vuelta. No se tarda mucho en llegar…

Abandonamos la espesura y fue entonces cuando la vimos; alzándose arrogante hacia el cielo como una enorme atalaya de arena, como un gigante dormido sobre las copas de los árboles de un espeso bosque. Sin transición alguna, la duna cercenaba radical la vida, dando paso a una soberbia aridez. Ahí estaba, lo más parecido a un desierto que habíamos visto nunca.

Tras los últimos peldaños pudimos ver más allá, fue entonces cuando caímos en la cuenta de la verdadera naturaleza de Pilat, su verdadero tamaño y como se extendía hacia el sur a lo largo de casi 3 kilómetros interminables de arena fina blanquecina. Al frente se extendía montaña abajo formando caprichosas ondulaciones hasta encontrarse con el mar.

El cielo palidecía ya por el este donde la noche caía lenta pero inevitable sobre las copas de los árboles mientras que, a poniente, el sol continuaba su cíclico camino hacia el Ocaso. A un lado de la duna las sombras alargadas se estiraban como espectros atrapando todo en tinieblas mientras que por el oeste las últimas luces del día prendían fuego a la arena. Sentados en la arena, bajo la suave brisa estival, despedíamos al astro rey mientras caía por el horizonte hacia el reino de la oscuridad.

Durante los meses de verano una gran escalera facilita la subida hasta la cima, una propuesta es intentar subir hasta arriba del todo por la arena. Nosotros queríamos hacerlo pero el día estaba a punto de terminar y queríamos ver la puesta de sol desde primera fila. De todas formas subir por las escaleras no creáis que no conlleva su esfuerzo.

Con la noche llegó el frío así que no os olvidéis de coger una rebequita, como dicen las madres, porque es el típico lugar donde te confías y después te pones malo. Nos quedamos un rato más con los perros enloquecidos corriendo de un lado a otro hasta que decidimos que era hora de regresar al camping.

Día de playa con perros en la Duna de Pilat

El día amaneció espléndido, sin una sola nube en el cielo y ya a primera hora se notaba el calor. A medida que avanzábamos en nuestro viaje, el verano hacia mayor acto de presencia. Curiosamente, cuanto más al norte, más calor.

Nos encantó tantísimo la duna que decidimos sacrificar toda la mañana para volver a visitarla a la luz del día. Esto desbarataba un poco nuestros planes, que ya llevaban un día de retraso, pero decidimos que lo que queríamos era disfrutar del viaje y que no queríamos atarnos a un plan establecido. Nos volvimos a montar en la furgoneta con los perretes y de vuelta a la duna a pasar un maravilloso día de playa. Esta vez no fue como el día anterior, atrapados en una larga caravana, el camino hacia la duna se hizo mucho más largo y aparcar tampoco fue fácil.

Volvimos a atravesar todo el camino que nos llevaba a través del bosque, esta vez todo era distinto, la gente iba y venía, todas las tiendas y restaurantes estaban abiertos… era un poco agobiante, supongo que estar aquí solos era mucho pedir.

De nuevo nos encontramos bajo el cielo abierto, el sol en todo lo alto apretaba sin compasión mientras subíamos por la larga y empinada escalinata. Finalmente, llegamos arriba. La extensa lengua de arena se extendía a un lado y a otro en un color tan blanquecino que cegaba la vista.

Bajamos por la ladera de la duna y llegamos hasta el mar; ahí estaba, azul, intenso, confundiéndose en el horizonte con el propio cielo. Salpicado por pequeñas islas emergidas con la marea baja, más que el mar parecía que nos encontrábamos ante un gran río.

No es hasta que uno comienza a moverse a lo largo y ancho de la duna, cuando empieza a ser consciente de su verdadera extensión y, sobre todo, de lo mucho que cuesta desplazarse por la arena. Nuestros perros, que corrían por la arena que parecía que planeaban, hacía ya buen rato que estaban nadando por el mar.

Abajo es como una playa, la duna de repente llega a su fin y una larga explanada costera se extiende por kilómetros a uno y otro lado. La línea de arena de la costa se extiende a lo largo de más de 230 kilómetros. Al fondo se veían afortunados marineros de fin de semana con sus yates fondeados en las pequeñas islas que salpican todo el paisaje. Nos quitamos la camiseta y… ¡al agua patos! la verdad que el agua no está nada fría para ser un océano.

Después de un buen rato entrando y saliendo, tirándo piedras a los perros y disfrutando en general de un maravilloso día de playa decidimos ir a explorar un poco los alrededores. Fuimos recorriendo la línea de costa paralelos a la duna, caminando y caminando y aquello no acababa nunca. Al final decidimos subir hacia la parte más alta de la duna por el primer sitio que encontramos…  si creíamos que caminar por la duna en llano era complicado, subir una interminable cuesta bajo un sol de justicia mientras a cada dos pasos retrocedías uno era todo un martirio. Ahora entendemos lo que debían sentir los exploradores caminando por el gran mar de arena del Sáhara.

La gran Duna de Pilat es como un gran ser vivo, pese a lo que uno pueda creer, está siempre en continuo movimiento. El inicio de su formación data del final de una larga glaciación en la que el mar se retiró hacia el oeste durante kilómetros dejando a la vista todos los sedimentos de las cuencas hidrográficas.

Pero la duna que vemos hoy en día se ha ido formando desde hace 10000 años hasta hace poco más de un siglo. Y es que, como os dije, está viva. La cresta en su punto más alto es la zona más moderna de la duna, el viento iba arrastrando los sedimentos hacia la costa y estos se iban acumulando hasta que un día entorno al siglo XVIII las corrientes marinas y el viento la hicieron colapsar y empezó a crecer hasta como la vemos hoy día.

Digamos que por un lado el viento del oeste empuja la duna hacia el bosque mientras que la erosión marina ataca la base de la duna liberándose material que el viento más tarde arrastra. Esto hace un efecto como si la duna se desplazara, y es que en realidad es lo que hace ya que cada año avanza entre 3 y 4 metros comiéndose el bosque y todo lo que pilla. Esto está documentado, e incluso, en el año 1936 se trago una residencia que había empezado a ser devorada 5 años antes. En 50 años habrá llegado hasta la carretera y habrá cubierto todos los restaurantes, tiendas, aparcamiento y el camping. Y además ha aparecido una nueva que según los expertos está más viva aún.

De vuelta a lomos de la duna, comenzamos a deshacer camino hacia el parking pero en vez de volver por la escalinata decidimos hacer el descenso por las empinadas paredes que llevan hasta el bosque. Es una pasada, podéis jugar a ver quien da el salto más grande, a tiraros rodando hacia abajo y a hacer todas las payasadas que se os ocurran ya que ¡no duele nada!

Encontramos un pequeño sendero de pisadas anteriores y regresamos hacia la entrada a la duna. Se estaba haciendo muy pero que muy pesado, en realidad era un auténtico suplicio; no había ni una sola sombra donde cobijarse, el sol seguía en todo lo alto implacable, y el agua hacia rato que se había terminado.

Lo que parecía que estaba cerca, se hacía interminable por la arena y al final, después de un buen rato llegamos a la sombra de los árboles que nos pareció nos recibieron con un fresco abrazo que nos reanimó. Ya que estábamos allí y se había hecho la hora de comer probamos en uno de los múltiples restaurantes que hay y disfrutamos de una estupenda comida con nuestros perros bajo las mesas.

Una tarde en Arcachon

Tras un caluroso pero estupendo día de playa y ya que nuestro siguiente destino quedaba muy lejos como para verlo en lo que quedaba de día, nos acercamos a Arcachon para pasar la tarde. La primera impresión fue la de una típica ciudad como cualquiera de la costa española, un paseo en la playa, mucho turista, mucho restaurante… vamos que no nos sorprendía lo más mínimo. Luego, poco a poco fuimos descubriendo algunos de sus lugares más icónicos que hicieron que la tarde mereciera la pena y de largo.

El primero sitio que nos impactó fue el Casino de la ciudad, a diferencia del de San Juan de Luz, este si que tenía la fama justificada ya que era un auténtico palacete que no deja indiferente a nadie. El edificio de corte clásico data del siglo XIX y es toda una maravilla que queda penosamente eclipsada por unas construcciones posteriores que tapan tanto la fachada delantera como  la trasera restándole todo su esplendor. Aún así, si nos alejamos lo suficiente podemos tener una mejor panorámica de lo que algún día fue.

Desde el casino comenzamos a callejear hacia la denominada Ville d’Hiver, es la parte más clásica y de mayor poder adquisitivo de toda la ciudad cobrando su máximo apogeo en la Rue Victor Hugo. Es un barrio residencial de estilo decimononico que además está protegido por lo que todas las nuevas construcciones deben respetar el estilo.

Entre estas viviendas sobresalen las de algunos de los franceses más famosos de la época como Alejandro Dumas o Gustave Eiffel, efectivamente el de la Torre Eiffel. Este famoso arquitecto también quiso dejar parte de su legado en esta ciudad creando la torre del Beldevere en lo más alto de la ciudad.

La visita merece enormemente la pena ya que cuenta con las vistas más bonitas de toda la ciudad. Es una ciudad con mucha naturaleza, desde arriba parece como un gran bosque en donde los tejados no son más que pequeñas coloridas salpicaduras con el vasto océano como telón de fondo. La subida a la torre es gratuita pero no apta para personas con vértigo ya que con el viento se mueve un montón.

De regreso al centro encontramos la zona más moderna de la ciudad con muchas calles peatonales y decenas de restaurantes y bares de copas con una pinta inmejorable. La hora de cenar se iba acercando y no podíamos irnos de allí sin probar los conocidísimos mejillones de la bahía de Arcachon. Los cocinan de un montón de maneras diferentes y nosotros nos decantamos por los mejillones a la pimienta negra que ya os adelantamos que no defraudaron en absoluto.

En Arcachon terminaba la segunda parte de nuestro viaje por Francia, la primera a caballo entre España y Francia en pleno Pirineo nos había llevado por algunas de las rutas en la naturaleza más fascinantes de la cordillera; la segunda parte, desde los pueblos más pequeñitos del País Vasco francés hasta las señoriales San Juan de Luz y Biarritz para finalmente acabar en la Duna de Pilat. Ahora empezaba una nueva etapa, la ruta de los pueblo más bonitos de toda Francia, la Francia más histórica, la de los cuentos de caballeros y princesas y la que nos dejó completamente enamorados.

 

 

 

 

   

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